29.04.26

Hoy, con motivo del Día Internacional de la Danza, no puedo evitar sentir que hay más razones para la crítica que para la celebración en España. Es una fecha que debería servir para poner en valor este arte, pero la realidad que veo a mi alrededor como observador del sector dista mucho de ser optimista.

Cada año salen de los conservatorios y escuelas especializadas cientos de bailarines con una formación cada vez más exigente y completa. Y sigue habiendo voces pidiendo la apertura de nuevos conservatorios de danza. Sin embargo, esa preparación no tiene salida real. Me resulta difícil no pensar que estamos generando talento en exceso para un mercado que, sencillamente, no existe en la medida necesaria. Faltan compañías de danza, faltan estructuras estables y sobran profesionales que se ven obligados a marcharse al extranjero o abandonar una vocación a la que han dedicado años de esfuerzo.

En este contexto, recibo con bastante escepticismo el anuncio del Ministerio de Cultura, liderado por Ernest Urtasun, sobre la creación de la llamada “Oficina de Difusión de la Danza”. Sobre el papel suena bien: dar visibilidad, impulsar el sector. Pero, sinceramente, no puedo evitar verlo como otro organismo, chiringuito destinado a colocar amiguetes, que corre el riesgo de quedarse en la burocracia. Me preocupa que termine siendo una estructura destinada a gestionar los escasos recursos de la danza sin atacar los problemas de fondo, o incluso a redistribuirlos de forma poco eficaz.

Desde mi punto de vista, lo que realmente necesita la danza en España no es más intermediación administrativa, sino más oportunidades reales: más compañías, más programación, mejores condiciones laborales y una integración más sólida en la vida cultural del país. Sin eso, cualquier iniciativa de “difusión” se queda, en el mejor de los casos, en una intención bien formulada.

Y, aun así, a pesar de todo lo que critico —y lo que callo—, hoy quiero felicitar a quienes siguen ahí. A los bailarines, coreógrafos, profesores y aficionados que, contra viento y marea, continúan defendiendo este arte. Porque si algo tengo claro es que la danza sigue viva gracias a ellos, no a las estructuras que deberían sostenerla. Por cierto, hay un detalle que para mí resume bien esta sensación de abandono institucional. El portal oficial de danza del Ministerio (https://danza.es/) lleva, como mínimo, un par de años completamente desactualizado (editado: el día 30/04/2026 se elimina el contenido y se sustituye por una web con nuevo contenido de la ODD -por cierto, exclusivamente en español, sin uso de lenguas cooficiales-. Es, en la práctica, un cadáver digital que nadie ha retirado: no se mantiene, pero tampoco se cierra, y sigue ahí, accesible, como si nada. Esta dejadez no es menor. Me preocupa especialmente porque proyectos independientes como ETER.COM, que durante años han ofrecido información útil y actualizada día a día —por ejemplo, en apartados tan consultados como audiciones y convocatorias—, podrían desaparecer en un futuro no muy lejano sin que exista una alternativa pública que recoja ese testigo. Y eso, para un sector ya de por sí frágil, no es una buena señal.

Feliz Día de la Danza.






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